lunes, 6 de febrero de 2017

La muerte del Sol - Lambayeque Sicán

Por: Arqueólogo Wilo Vargas Morales

¿NAYLAMP?
En el siglo XVII se iniciaron en el virreinato del Perú las campañas de extirpación de idolatrías con la intención de lograr un mayor avance en la empresa evangelizadora de las colonias hispanas. Durante estas cruzadas miles de personas fueron torturadas y condenadas. Gran cantidad de momias, parafernalia y representaciones andinas (llamados “ídolos” por los extirpadores) fueron destruidas e incineradas. En el año 1610 el sacerdote cuzqueño Francisco de Ávila fue nombrado el primer juez extirpador de idolatrías por el arzobispado de Lima, y para tener una idea de la magnitud de su obra, Ávila precisó que en sus primeros años de servicio destruyó más de 18,000 ídolos móviles y 2,000 ídolos fijos. Se debe destacar que no existió contemplación para cualquier pensamiento diferente al cristiano, todas las imágenes o representaciones de la naturaleza hecha por el hombre andino fueron consideradas ídolos o dioses satánicos, y por lo tanto, su destrucción estaba justificada. Definitivamente fueron tiempos en que la construcción del sistema eclesiástico colonial fue tortuoso.




Estos acontecimientos quedaron registrados en la historia del Perú, mas hoy  podría decirse que hay intenciones serias por analizar y estudiar al prodigio andino; sin embargo, aún falta superar la ligereza de seguir aumentando el panteón andino. Existe abundante literatura en la que se menciona al búho,  pulpo, cóndor, felino, lagarto, araña y otros animales como dioses,  es decir que a muchas imágenes de la naturaleza, representada por el hombre andino, se le etiquetó como un dios o deidad. Convencionalmente es aceptado que a una imagen prehispánica se le dé dicha categoría, pues el inconsciente colectivo está predispuesto a no refutarlo y esto sucede quizás como resultado de la herencia cultural de la época de extirpación de idolatrías. Esto merece preguntarse: ¿Será lo correcto?  ¿Existieron tantos dioses prehispánicos? Podemos responder categóricamente que es falso. No existieron tantos dioses como las miles de imágenes representadas en la iconografía andina. No debemos subestimar a las sociedades prehispánicas y etiquetarlas como grupos con sistemas de creencias tan básicas y de pensamientos totalmente politeístas.


El cuchillo de Illimo, más conocido como el “Tumi de Oro” de la cultura Lambayeque, todavía se le conoce como la representación de una deidad o a un dios de suma importancia, tan es así que para algunos investigadores este cuchillo representaría al personaje mítico de Naylamp, al dios del agua o al ave mítica prehispánica. Lo abundante en términos de representación clásica, estilizada en los ojos rasgados (alados y/o almendrados) como tema central en máscaras, pinturas murales, textiles o cerámicas hacen de este icono una supuesta deidad de mucha importancia.
El principal y único argumento que sustenta que el Tumi o cuchillo de Illimo representa a Naylamp es justamente el conocido mito de Naylamp, que para algunos estudiosos es una leyenda y para otros es una  narración.  Fue registrada por  dos párrocos dominicos: Don Miguel Cabello de Balboa en 1586,  que es la más extensa y el otro en 1782 por Modesto Rubiños y Andrade. La narrativa se  resume  en la llegada, vía marítima, de un personaje foráneo  con su séquito al área de Lambayeque donde se establece y forma una nueva dinastía (lo que no se ha podido corroborar arqueológicamente). Al morir el personaje, se miente a sus seguidores diciendo que le crecieron alas y que desapareció (algunos autores agregan lo suyo a la narración y dicen que Naylamp se fue volando al cielo). La narrativa continúa mencionando a doce descendientes y la tentación del demonio  en forma de mujer hacia un principal, con  quien  copula y sufre el castigo divino cuando le llega un diluvio de 30 días. Si analizamos esta narración fácilmente podríamos notar su contaminación con elementos judeo cristianos, con lo cual no intentamos desmerecer  dicho relato, simplemente es oportuno que el lector tenga una visión más  objetiva y crítica del  mito o narración de Naylamp.
Asociar un personaje mítico a una evidencia arqueológica no es tarea fácil y más aun considerando que los mitos desasocian la realidad de los hechos históricos, e indudablemente se distorsiona la interpretación objetiva del material cultural. Sin embargo algunos investigadores aplicando el método comparativo han encontrado elementos  que asociarían el mito de Naylamp con el Tumi o cuchillo de Illimo y toman como  principal argumento, la estilización de los ojos (en forma de alas de ave),  y como  Rubiños Andrade registró que  el nombre Namla significaría “ave o gallina de agua” pareciera existir cierta relación lógica; además, el Tumi tiene la nariz ligeramente aguileña y cuenta con  dos supuestas alas laterales , que si se observan diligentemente a estas protuberancias trapezoidales, no tiene el logro estilístico que si tienen las verdaderas alas representadas en la iconografía y que cuentan con plumas. Si el artista lambayecano obvió ponerle plumas es porque no hubo la intensión o premeditación de interpretar alas.




Para lograr interpretar objetivamente a este icono (Tumi) se le tiene que  observar como a una estructura filosófica andina (Pacha Yachay), que consta de elementos que se relacionan e interactúan entre ellos. Tal es así que si los separamos y los analizamos individualmente, notaremos que existe una coherencia y justificación del por qué el artista hizo una selección y estilización de cada  elemento. El conjunto o la estructura de todos estos elementos conllevarían a conceptos filosóficos de la vida y la muerte, que son opuestos complementarios y que se unen por el peculiar viaje en las oscuridades del inframundo. Se  trata de una concepción filosófica propia y bastante elaborada, como  resultado de un largo proceso evolutivo del pensamiento andino que se fue cualificando desde épocas formativas. En la cosmovisión andina, se considera que el  hombre, la tierra, los espíritus y todos los fenómenos naturales  son una unidad o un  “todo” que se relacionan perpetuamente, manteniendo una simbiosis y un equilibrio, al igual que un ser vivo.


Según la reflexión propuesta, El Tumi representa un paisaje  marino, donde el Sol cumple un rol  protagónico al representársele en el momento que ingresa al inframundo llegado el ocaso (considerando que el mar es la puerta mayor al mundo subterráneo). La forma antropomorfa es la representación del hombre que imita o sigue al sol en ese mágico  descenso. El personaje    requiere de todo lo indispensable   para su desplazamiento y se viste con atributos sobrenaturales que le permitirán un mejor desenvolvimiento en ese viaje: una máscara que le dará la facultad de poder ver en la oscuridad, aretes con imágenes de aves marinas con capacidad de ingresar al mar y posiblemente, lo que se ha interpretado como alas no sería sino un par de aletas para movilizarse en las extensas áreas acuosas del inframundo. Para el artista Lambayeque la justificación de  colocar un cuchillo como base, probablemente sea  por la cualidad de este instrumento de poder penetrar en un cuerpo, y es que el hombre al morir simbólicamente estaría introduciéndose  en el cuerpo de la tierra o pachamama.


MITO DE NAIMLAP
“...Dicen los naturales de Lanbayeque (y con ellos conforman los demás pueblos a este valle comarcanos) que en tiempos muy antiguos que no saben numerarlos vino de la parte suprema de este Piru con gran flota de Balsas un padre de Compañas, hombre de mucho valor y calidad llamado Naimlap y consigo traia muchas concubinas, mas la mujer principal dicese auerse llamado Ceterni trujo en su compañía muchas gentes que ansi como á capitan y caudillo lo venian siguiendo, mas lo que entre ellos tenia mas valor eran sus oficiales que fueron quarenta, ansi como Pita Zofi que era su trompetero ó Tañedor de unos grandes caracoles, que entre los Yndios estiman en mucho, otro Ñinacola que era el que tenía cuidado de sus andas y Silla, y otro Ñinagintue a cuio cargo estaua la vevida de aquel Señor a manera de Botiller, otro llamado Fonga sigde que tenía cargo de derramar polvo de conchas marinas en la tierra que su Señor auia de Pisar, otro Occhocalo era su Cocinero, otro tenia cuidado de las unciones, y color con que el Señor adornava su rostro, a este llamauan Xam muchec tenía cargo de bañar Ál Señor Ollop-copoc, labrava camisetas y ropa de pluma, otro principal y muy estimado de su Principe llamado Llapchiluli, y con esta gente (y otos infinitos oficiales y hombres de cuenta) traia adornada, y auturizada su persona y casa.
Este señor Naymlap con todo su repuesto vino á aportar y tomar tierra á la boca de un Rio (aora llamado Faquisllanga) y auiendo alli desamparado sus balsas se entraron la tierra adentro deseosos de hacer asiento en ella, y auiendo andado espacio de media legua fabricaron unos Palacios á su modo, a quien llamaron Chot, y en esta casa y palacios convocaron con devocion barbara un Ydolo que consigo traian contra hecho en el rostro de su mismo caudillo, este era labrado en una piedra verde, a quien llamaron Yampallec (que quiere decir figura y estatua de Naymlap). Auiendo vivido muchos años en paz y quietud esta gente y auiendo su Señor, y caudillo tenido muchos hijos, le vino el tiempo de su muerte, y porque no entendiessen sus vassallos que tenia la muerte jurisdicción sobre el, lo sepultaron escondidamente en el mismo aposento donde auia vivido, y publicaron por toda la tierra, que el (por su misma virtud) auia tomado alas, y se auia desaparecido. Fue tanto lo que sintieron su ausencia aquellos que en su venida lo auian seguido que aunque tenian ya gran copia de hijos, y nietos, y estauan muy apasionados en la nueva y fertil tierra lo desampararon todo, y despulsados, y sin tiento ni guia salieron a buscarlo por todas partes, y ansi no quedo por entonces en la tierra mas de los nacidos en ella, que no era poca cantidad porque los demás se derramaron sin orden en busca de el que creian auer desparecido…”
 Quedo con el Ymperio y mando de el muerto Naymlap, su hijo mayor Cium el qual casó con una moza llamada Zolzoloñi: y en esta y en otras concubinas tubo doce hijos varones que cada uno fue padre de una copiosa familia, y auiendo vivido y señoreado muchos años este Cium, se metió en una bobeda soterriza, y alli se dejo morir (y todo a fin  de que a su posteridad tuviessen por inmortal y diuina). Por su fin y muerte de este governo Escuñain a este heredero Mascuy, a este subcedio Cuntipallec y tras este governo Allascunti, y a este subcedio Nofan nech á este subcedio Mulumuslan tras este tuvo el mando Llamecoll á este subcedio Lanipat = cum, y tras este señoreo Acunta. Sucediole en el Señorio Fempellec, este fue el ulltimo y mas desdichado de esta generacion porque puso su pensamiento en mudar á otra parte aquella Guaca ó Ydolo que dejamos dicho auer puesto Naymlap en el asiento de Choc, y andando provando este intento no pudo salir con el, y a desora se le aparecio el Demonio en forma y figura de una hermosa muger, y tanta fue la falacia de el Demonio, y tan poca la continencia de el Femllep, que durmio con ella segun se dice, y que acabado de perpetuar ayuntamiento tan nefando comenzo a llover (cosa que jamas auian visto en estos llanos) y duro este diluvio treinta días á los quales subcedio un año de mucha esterilidad, y hambre: pues como á los Sacerdotes de sus Ydolos (y demás principales) les fuesse notorio el grave delito cometido por su Señor entendieron ser pena correspondiente á su culpa la que su Pueblo padecia, con hambres pluvias, y necesidades: y por tomar de el venganzas (olvidados de la fidelidad de vasallos) lo prendieron y atadas las manos, y pies, lo echaron en el profundo de el mar, y con el se acabo a linea y descendencia de los Señores, naturales del Valle de Lambayeque ansi llamado por aquella Guaca (o Ydolo) que Naymlap trujo consigo a quien llamauan Yampallec…”
                                                                                                  (Versión original de Miguel Cabello de Balboa 1586: 927 - 530)

miércoles, 4 de enero de 2017

El dramático final de la civilización mochica

Los mochicas habían convertido la desértica costa peruana del Pacífico en su hogar, pero las fluctuaciones climáticas arruinaron el delicado equilibrio ecológico que sustentaba su modo de vida.
Al norte del Perú, donde las olas del Pacífico baten una árida región costera, floreció un pueblo tenaz y belicoso que entre los siglos I y VIII creó la primera organización política compleja de la zona andina. Eran los mochicas, grandes ingenieros que excavaron canales en medio del desierto para regar sus cultivos, y levantaron palacios, templos y enormes pirámides de adobe. Estas últimas construcciones, conocidas como huacas –palabra que en lengua quechua designa un lugar de culto–, fueron el centro religioso y político de cada comunidad.

Sacerdotes mochicas portan copas con la sangre de los prisioneros sacrificados. Fresco. Museo Nacional de Arqueología e Historia del Perú, Lima.
Los mochicas también eran excelentes artesanos, y elaboraron una cerámica de extraordinaria belleza y perfección, así como delicados ornamentos de oro, plata y cobre para sus dirigentes. Establecieron, además, amplias y prósperas redes comerciales que se adentraban en los actuales territorios de Chile y Ecuador. Pero hacia finales del siglo VIII, esta sofisticada y rica cultura conoció un final repentino. Una serie de cataclismos naturales, provocados por un drástico cambio climático, afectaron a la zona costera donde la sociedad mochica se había desarrollado y contribuyeron a su desaparición.

El control del territorio
En el norte, los mochicas se habían extendido por el valle del río Jetepeque, cuyos asentamientos principales fueron San José de Moro y la Huaca Dos Cabezas, y por el valle del río Lambayeque, donde se encuentran Sipán y Pampa Grande. Esta cultura norteña destacó en el desarrollo de la metalurgia del cobre, de la que se han encontrado magníficos ejemplos en algunas tumbas de gobernantes, como la famosa sepultura del Señor de Sipán, descubierta en 1987 por el arqueólogo peruano Walter Alva, y que proporcionó un espectacular tesoro de piezas de orfebrería de gran belleza. Los mochicas conocieron las técnicas del laminado, dorado, repujado y vaciado, y dominaron la aleación de metales. Usaron oro, plata, cobre, plomo, estaño e incluso mercurio. En el sur, los mochicas ocuparon el valle del río Moche, donde se localizan la Huaca del Sol y la Huaca de la Luna, y el valle del río Chicama, donde se halla el complejo ceremonial de El Brujo. Los mochicas sureños destacaron por su dominio de las técnicas de alfarería, ya que mientras en el norte las formas cerámicas son más sencillas, en colores crema y rojo, en esta zona se han encontrado la mayoría de las cerámicas de formas animales elaboradas por este pueblo. Tanto el sur como el norte son zonas de gran aridez, y los mochicas tuvieron que vencer al desierto mediante la irrigación artificial. Desviaron el agua de los ríos que bajan de los Andes y, con ladrillos de barro, crearon un extenso sistema de acueductos, muchos de los cuales siguen en uso. De esta forma desarrollaron una agricultura, con más de treinta variedades de cultivo, que les permitió contar con una amplia gama de excedentes agrícolas. También explotaron ampliamente los recursos marinos, de los que el océano Pacífico les proveía en abundancia, así como la caza.

Una sociedad muy jerarquizada
Los mochicas se establecieron en núcleos urbanos que constituían el centro de pequeños Estados con una estructura social muy jerarquizada. El núcleo principal de estos Estados eran las huacas. El soberano, que recibía el título de cie-quich, pertenecía a la nobleza militar y desempeñaba un importante papel en los rituales que tenían lugar en las huacas. Su vida estaba dedicada por completo a la guerra, a los ritos religiosos en honor a la principal divinidad mochica, Ai Apaec, y a engrandecer su prestigio frente a los líderes rivales.
Por debajo de los grandes señores se encontraban los sacerdotes, guardianes de los conocimientos astronómicos, arquitectónicos y metalúrgicos, y que también podían curar enfermedades. En un nivel más bajo se encontraban los artesanos, los mercaderes y el pueblo llano, compuesto por campesinos, pescadores y soldados. Los esclavos, normalmente prisioneros de guerra, formaban el peldaño inferior de la sociedad mochica.
En el siglo VI, esta sociedad íntimamente enraizada en su medio físico empezó a sentir los estragos de un fenómeno meteorológico conocido como El Niño: una corriente oceánica cálida impide el afloramiento de las aguas más frías de la corriente de Humboldt, lo que favorece la evaporación del agua marina, que luego cae en forma de precipitaciones torrenciales. El Niño afecta a esta zona con regularidad, pero por entonces fue inusualmente fuerte y prolongado: intensas e interminables lluvias asolaron la región durante treinta años.

El sacrificio ritual mochica de prisioneros aparece representado en infinidad de cerámicas y relieves pintados en las huacas. En la escena que aquí se reproduce, cuatro personajes de elevada posición social presiden la ceremonia. Debajo, guerreros de alto rango sacrifican a quienes han perdido el combate ritual.
El devastador El Niño
Los aguaceros destruyeron palacios y pirámides, edificados con barro y por ello muy vulnerables a la acción disolvente del agua. Los ríos se salieron de sus cauces y el lodo arrasó tanto grandes extensiones de tierra cultivable como pequeños poblados construidos con adobe y caña, ahogando a sus habitantes. Estas terribles inundaciones contaminaron los cursos de agua y los manantiales, y erosionaron miles de hectáreas de terreno cultivable. Las fiebres tifoideas y otras epidemias camparon a sus anchas, sembrando la muerte y la destrucción. A tan intensas y devastadoras precipitaciones siguió un ciclo de sequía de tres décadas, que entre los años 563 y 594 redujo de manera drástica la cantidad de manantiales de montaña cuyas aguas llegaban hasta la costa. Ello resultó catastrófico para la agricultura, con la consiguiente hambruna, y provocó una creciente desertización que causó que las dunas de arena se tragasen numerosos asentamientos.
En el año 602 volvieron las lluvias torrenciales, y entre 636 y 645 la sequía asoló de nuevo con fuerza la región. Kilómetros de canales permanecieron secos y se llenaron de arena, las cosechas murieron y las reservas de alimentos se agotaron. El Niño también provocó un cambio en las corrientes marinas que redujo las capturas de peces, sobre todo de anchoas, que eran parte esencial de la dieta costera y un importante elemento de comercio. De este modo, a la quiebra de la agricultura siguió la ruina de la pesca, con lo que desapareció el último recurso alimenticio de los mochicas. A consecuencia de todo ello, miles de personas murieron de hambre.

El derrumbe de la sociedad
Esta situación causó un trastorno considerable en la vida económica y social mochica, hasta el punto de que en muchas ocasiones sus líderes tuvieron que abandonar sus centros políticos, religiosos y administrativos a causa de la destrucción que comportaron estos drásticos cambios climáticos. Los arqueólogos, por ejemplo, han descubierto que las precipitaciones que cayeron en la zona de Sipán obligaron a sus jerarcas a trasladarse al vecino asentamiento de Pampa Grande para seguir controlando desde allí el valle de Lambayeque. También los señores de Cerro Blanco tuvieron que dejar el lugar para trasladarse al asentamiento de Galindo, situado en la estratégica garganta del río Moche. Desde Galindo, que se convirtió en el mayor centro de la zona, los caudillos mochicas podían controlar los sistemas de irrigación y el acceso a las fértiles tierras del valle del río Moche. El pueblo se instaló junto a sus señores para tener lo más cerca posible las fuentes de agua y evitar las dunas que amenazaban cultivos y poblados río abajo.
Esta catastrófica serie de factores climáticos debilitó gravemente las instituciones mochicas. La nobleza, alejada del día a día de sus súbditos, vivía ocupada en sus disputas dinásticas y ceremonias rituales. Pero el pueblo culpó a sus gobernantes de la caótica situación y de haber perdido el favor de los dioses. En consecuencia, los jerarcas incrementaron los sacrificios humanos para ganarse el favor divino, sin conseguirlo.
Con todo, el rico ajuar funerario hallado en la tumba de una sacerdotisa, en San José de Moro, datada hacia el año 720, muestra que la élite mochica se resistía a renunciar a sus privilegios ancestrales, aunque este tipo de enterramientos significase un enorme gasto para una sociedad castigada por el clima y debilitada por la escasez de alimentos y recursos. En la Huaca de la Luna, los arqueólogos desenterraron los restos de unos setenta varones que habían sido sacrificados y desmembrados en el transcurso de, por lo menos, cinco ceremonias rituales. Fueron víctimas de un rito destinado a aplacar a las poderosas fuerzas de la naturaleza.
Cerámica mochica que representa a un sacerdote
mochica realizando una libación. Museo Británico, Londres
Colapso final
A finales del siglo VII, las lluvias provocadas por un Niño extremadamente intenso arrasaron muchos sistemas de regadío cercanos a Pampa Grande y Galindo. En consecuencia, ambos centros fueron abandonados hacia el año 750 y la población se agrupó de forma independiente, lo que supuso el derrumbamiento del sistema político mochica. Puede que incluso estallara una guerra civil: la arqueología demuestra que los mochicas, tras abandonar sus antiguos asentamientos, crearon otros nuevos, donde las enormes huacas de antaño fueron reemplazadas por fortalezas.
Al haber perdido la autoridad y el control sobre su pueblo, los jefes mochicas se enfrentaron entre sí en una feroz lucha por el control de los escasos recursos que quedaban en la zona. Los últimos asentamientos mochicas, gobernados por una desgastada clase dirigente, no pudieron evitar caer en manos del emergente Estado huari (o wari), una arrolladora maquinaria militar que conquistó la mayoría de señoríos costeños y de la sierra de la zona central del Pacífico peruano. En los siguientes tres siglos, los huari concentraron un poder inmenso, construyeron enormes centros urbanos y edificaron un auténtico imperio, hecho sin precedentes hasta entonces en la historia de las culturas andinas.

Fuente:http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/el-dramatico-final-de-la-civilizacion-mochica_6641/2

Para saber más
La corriente de El Niño y el destino de las civilizaciones. Brian Fagan. Gedisa, Barcelona, 2010.
Sipán, descubrimiento e investigación. Walter Alva. Edición del autor, Lambayeque, 2004.

viernes, 9 de diciembre de 2016

-Batalla de Ayacucho-

El 9 de diciembre de 1824 las tropas dirigidas por el general Antonio José de Sucre derrotaron al ejército realista en la batalla de Ayacucho. Para los historiadores fue la batalla decisiva de la liberación latinoamericana. Después de Ayacucho hubo algunas pequeñas refriegas y en una de ellas -el combate de Tumusla en territorio de Bolivia- fue muerto el general realista Pedro Antonio Olañeta, el jefe del último foco de resistencia monárquica. Olañeta fue ejecutado por uno de sus oficiales porque, precisamente, después de Ayacucho, los soldados y oficiales realistas empezaron a desertar de una causa que había perdido objetivos y destino. Ayacucho entonces fue la batalla que puso punto final a la resistencia de los ejércitos realistas a los procesos de liberación iniciados en 1810 en diferentes puntos del dominio hispanoamericano.
A esta batalla ambos ejércitos llegaron en el límite de sus fuerzas. Los criollos habían sufrido derrotas y rebeliones internas que prefiguraban nuevas borrascas hacia el futuro; los realistas, por su parte, proyectaron en estas tierras las disensiones políticas de la península y el testimonio de esas discordias se expresaba en los recientes enfrentamientos armados entre las tropas liberales del virrey José de la Serna y las dirigidas por general absolutista Pedro Antonio Olañeta.

Capitulación de Ayacucho
La batalla de Ayacucho se inició alrededor de las once de la mañana y antes de las dos de la tarde los realistas estaban derrotados y su jefe máximo detenido y gravemente herido. La batalla no tuvo un resultado prefigurado de antemano. Los ejércitos estaban dirigidos por generales lúcidos y valientes, aunque es probable que los realistas, como consecuencia de sus recientes guerras internas, hayan asistido al combate algo más debilitados.
Conviene recordar, al respecto, que así como en 1820 la causa americana se favorece gracias a la rebelión de signo liberal que en España protagoniza el general Rafael de Riego, en 1824 el escenario internacional vuelve a complicarse cuando Fernando VII derrota y ejecuta a Riego gracias al apoyo e intervención de los ejércitos de la Santa Alianza. Como en 1814, este rey canalla y miserable que fue Fernando VII, instala la monarquía absoluta, deroga la constitución liberal de Cádiz y pasa por las armas a todos los disidentes liberales. Este combate entre liberales y absolutistas es el que se libra en Perú y el Alto Perú entre las tropas españolas, conflicto al que debemos estar agradecidos porque la victoria criolla pudo darse gracias a esta fractura.
El héroe de Ayacucho fue el general Sucre. Para los entendidos en estrategia militar, se estima que el plan de batalla elaborado por este bravo militar fue una obra de arte, un armonioso y sincronizado despliegue de las alas derecha e izquierda y una ofensiva en el centro que despedazó a las tropas españolas. Sucre aún no había cumplido los treinta años. Entre sus antecedentes se registraba la victoria de Pichincha, su participación en innumerables combates en Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú y su adhesión leal al liderazgo de Simón Bolívar. Después de Ayacucho, Sucre fue el forjador de Bolivia y uno de los jefes militares que con más entusiasmo defendió un proyecto político de largo alcance territorial. Ninguno de estos méritos impidió que el 4 de junio de 1830 fuera asesinado en una emboscada tendida por sus enemigos en el marco de las feroces guerras civiles desencadenadas luego de la derrota de los realistas.
La batalla de Ayacucho concluyó con un acuerdo firmado en el mismo campo de batalla por los jefes españoles y el general Sucre y su estado mayor. Allí los realistas dieron por concluida la guerra, por su parte Perú se comprometía a pagar los servicios prestados por los otros países en la gesta liberadora y los vencedores se hacían cargo de respetar la integridad física y moral de los soldados y oficiales derrotados.
Años después, algunos historiadores han dicho que la batalla de Ayacucho estuvo precedida de un acuerdo de la masonería consistente en fingir un enfrentamiento armado con un resultado acordado de antemano. Se suponía que los liberales españoles liderados por José de la Serna tenían más puntos en común con los patriotas que con sus paisanos absolutistas seguidores de Fernando VII y simpatizantes de las ejecuciones que el rey perpetraba en España. Esta hipótesis no está comprobada, pero circula en ciertos ambientes como si fuera moneda legal.
Quienes la han refutado con entusiasmo han sido los propios oficiales españoles cuando regresaron a Europa y se les reprochó esta falta. No era para menos. En Ayacucho murieron alrededor de dos mil soldados, muchos americanos, pero también españoles, por lo que se hace poco creíble que se haya montado un simulacro de batalla con semejantes costos humanos.
Batalla de Ayacucho- Pampa de la Quinua
Mucho más interesante y macabro fue la suerte corrida por los oficiales americanos que participaron en Ayacucho. Sucre -decíamos- fue asesinado en una emboscada y su cuerpo quedó a merced de las alimañas durante días. Hasta el día de hoy no se sabe con exactitud la causa y los autores reales de su muerte. El héroe de Ayacucho, el general José María Córdova, el hombre cuyas inspiradas decisiones en el campo de batalla garantizaron la victoria, fue asesinado en 1829 en las cercanías de Bogotá por un oficial inglés. El general Agustín Gamarra, jefe del estado mayor, fue otro de los militares consumidos en la hoguera de las guerras civiles y las intrigas políticas. Gamarra pereció en combate en territorio boliviano en 1841, después de intentar una vez más anexar Bolivia al Perú.
El general Simón Bolívar murió en 1830, solo, deprimido y agobiado por las enfermedades y las culpas. Una de sus ultimas reflexiones al respecto fue “He sido víctima de mis perseguidores que me han conducido a las puertas del sepulcro”. Por último, el general José Francisco de San Martín para 1824 ya hacía unos cuantos meses que estaba en Europa, exilio que se prolongará durante más de veinticinco años, es decir, hasta su muerte.
Capítulo aparte merece el general inglés Guillermo Miller, soldado de cientos de combates en Europa y América, en 1817 se suma al Ejército de los Andes dirigido por San Martín y, luego de su desempeño heroico en Cancha Rayada, es designado edecán del general. A partir de allí se inicia entre ambos una amistad perdurable que se expresará luego a través de la correspondencia y quedará registrada en el libro de Memorias que años después escribirá Miller en Inglaterra. Miller no muere joven, ni en el campo de batalla. Tampoco es ejecutado. Pero de alguna manera es también una víctima de las guerras civiles. Cuando regresa a América, luego de una estancia en el Viejo Mundo, concluye enredado en ese infierno de intrigas que eran Bolivia y Perú y, como consecuencia de ello, es degradado y su nombre desaparece de todos los archivos oficiales.
Miller murió en 1861 pobre y olvidado. Presintiendo la hora de la muerte exigió morir en un barco británico. Cuando luego le hicieron la autopsia, descubrieron que en su cuerpo había dos balas “ganadas” en algunas de las innumerables batallas que lo tuvieron como protagonista en un tiempo en que los militares encabezaban las cargas de caballería y los combates cuerpo a cuerpo. Como Napoleón, el general Miller se jactaba del número de caballos que sintió morir bajo sus piernas mientras cabalgaba en el campo de batalla.
El ejército de Sucre en Ayacucho estuvo integrado por soldados y oficiales de diversos lugares de América y Europa. Algo parecido podría decirse de las tropas de José de la Serna. En el caso de los criollos, habría que destacar la participación de nuestros granaderos a caballo, cuyo arrojo en el combate ya había sido ponderado por Bolívar y Sucre en Junín. Los “granaderos a caballo” se alinearon bajo las órdenes del general francés Alejo Bruix, pero en términos prácticos quien los dirigió fue el oficial José Félix Bogado, el mismo que luego de Ayacucho regresará un año y medio más tarde a Buenos Aires al frente de alrededor de cien granaderos, algunos de los cuales habían combatido desde el bautismo de fuego de San Lorenzo hasta Ayacucho, sin faltar a ninguna cita donde estuviera en juego el destino de la causa emancipadora.
Los granaderos arribaron a Buenos Aires en febrero de 1826, pero allí no los esperaba nadie y nadie estaba dispuesto a rendirles homenajes u honores a quienes llegaban después de haber combatido durante trece años y participado en más de cien combates defendiendo la causa de la emancipación americana como se los había enseñado San Martín. Pero esa ya es otra historia.

FUENTE: Ellitoral.com